Vía Augusta: la historia de una calle.

Vía Augusta: la historia de una calle.

De la gran calzada romana al corazón de la ciudad contemporánea

Hay calles de Barcelona que simplemente atraviesan la ciudad.

Y hay otras que, cuando caminamos por ellas, parecen contener varias ciudades al mismo tiempo.

La Via Augusta pertenece a esta segunda categoría.

Hoy la conocemos como una importante arteria que atraviesa el sector occidental de Barcelona y conecta el entorno de la avenida Diagonal con Sarrià y los accesos hacia Collserola. Pero bajo su nombre moderno se esconde una historia extraordinariamente más larga: caminos antiguos, la expansión de los municipios del antiguo Pla de Barcelona, el nacimiento del ferrocarril de Sarrià, el soterramiento de las vías y la transformación de los antiguos espacios rurales y residenciales en la ciudad que conocemos actualmente.

Su nombre procede de una de las grandes vías del mundo romano.

Pero la Vía Augusta que vemos hoy no debe entenderse simplemente como una calzada romana conservada.

Su historia es mucho más compleja.

Es la historia de cómo Barcelona ha ido construyéndose sobre sus propios caminos.


La Vía Augusta romana

Una carretera que atravesaba Hispania

Mucho antes de que existiera la Barcelona moderna, Roma había creado una extraordinaria red de comunicaciones que permitía conectar ciudades, territorios, puertos y zonas agrícolas de todo el Imperio.

Entre aquellas grandes rutas se encontraba la Vía Augusta, una de las principales vías de comunicación de Hispania.

Su recorrido comunicaba el territorio mediterráneo de la península con Roma y alcanzaba Gades, la actual Cádiz, siguiendo buena parte del arco mediterráneo occidental.

En el entorno de Barcelona, la red viaria romana permitía conectar Barcino con otras ciudades y asentamientos del litoral.

La documentación arqueológica confirma que un ramal litoral de la Vía Augusta comunicaba Blandae —Blanes—, Iluro —Mataró—, Baetulo —Badalona— y Barcino.

La carretera no era únicamente una infraestructura para visitantes.

Por ella circulaban mercancías, personas, soldados, productos agrícolas y noticias.

Era, en realidad, una de las grandes estructuras que permitían funcionar al mundo romano.


La llegada de Roma a Barcelona

Barcino aparece en una red de caminos

La fundación de Barcino se produjo aproximadamente entre los años 15 y 10 a. C., durante el gobierno del emperador Augusto.

La nueva colonia recibió el nombre de Colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino y quedó integrada en la red territorial romana.

La posición de Barcelona era especialmente interesante.

La ciudad estaba junto al Mediterráneo, en una llanura fértil y cerca de importantes rutas terrestres.

Roma no construía sus ciudades de manera aislada.

Las conectaba.

Y Barcino formaba parte de aquella red.

Desde la ciudad salían diferentes caminos hacia otros puntos del territorio, mientras que las vías principales permitían relacionarla con el resto de Hispania.


La Vía Augusta y la Barcelona romana

Una relación que todavía puede rastrearse bajo la ciudad

Uno de los grandes errores cuando hablamos de la Vía Augusta es imaginar que la avenida actual conserva exactamente el trazado de la carretera romana en todo su recorrido.

La realidad es bastante más interesante.

La Vía Augusta histórica tuvo diferentes trazados, ramales y modificaciones, y el desarrollo de Barcelona hizo que los caminos fueran transformándose a lo largo de los siglos.

La investigación arqueológica ha permitido localizar restos de la vía romana en diferentes puntos del actual tejido urbano.

Uno de los ejemplos más interesantes apareció en el entorno del actual Mercat de Sant Antoni, donde se documentaron restos de la Vía Augusta junto con estructuras de la época fundacional de Barcino y monumentos funerarios.

Aquella vía pasaba por espacios situados entonces fuera de las murallas.

Y aquí aparece otro elemento fascinante de la Barcelona romana.


Los muertos también vivían junto a los caminos

La Vía Augusta como paisaje funerario

Para los romanos, las vías de comunicación no eran únicamente lugares de tránsito.

También eran espacios de memoria.

Las leyes romanas prohibían enterrar a los muertos dentro de las ciudades, por lo que las necrópolis se situaban habitualmente junto a los caminos que conducían hacia las puertas urbanas.

Esto explica la existencia de diferentes espacios funerarios alrededor de Barcino.

En la actual plaza Vila de Madrid, por ejemplo, se conserva una importante vía sepulcral romana con enterramientos situados junto a una antigua vía. La zona funeraria fue utilizada entre los siglos I y III d. C.

Los visitantes que salían o entraban en la ciudad encontraban así tumbas y monumentos funerarios a ambos lados del camino.

Era una forma de mantener presente a los difuntos.

El camino conectaba a los vivos con los recuerdos de quienes habían muerto.


Cuando desapareció la ciudad romana

La transformación de los caminos

Con la desaparición del Imperio romano, la red viaria no desapareció de un día para otro.

Los caminos continuaron utilizándose.

Algunos perdieron importancia.

Otros fueron modificados.

Algunos tramos quedaron absorbidos por nuevas calles y caminos medievales.

Barcelona creció lentamente alrededor de su núcleo histórico y, durante siglos, el territorio situado más allá de las murallas estuvo formado por campos, huertos, viñedos, masías y pequeños núcleos de población.

La antigua red de caminos continuó condicionando esa geografía.

La ciudad todavía estaba lejos de convertirse en la enorme Barcelona que conocemos hoy.


El camino hacia Sarrià

Antes de los grandes edificios estaban los campos y las masías

Durante siglos, el territorio situado al oeste de Barcelona tuvo un carácter esencialmente rural.

Sarrià era una población independiente, rodeada de campos y casas de recreo.

Su antiguo núcleo se articulaba alrededor de la iglesia de Sant Vicenç y de una red de caminos que comunicaban la población con Barcelona y con los territorios vecinos.

El actual paisaje de Sarrià conserva todavía algunos recuerdos de aquel pasado.

Barcelona no incorporó Sarrià hasta 1921, siendo este el último de los antiguos municipios del Pla en agregarse a la ciudad.

Pero antes de que Sarrià pasara a formar parte de Barcelona ocurrió algo que cambiaría para siempre la historia de la futura Vía Augusta.

Llegó el ferrocarril.


El nacimiento del Tren de Sarrià

La revolución ferroviaria del siglo XIX

En 1863 se inauguró el Ferrocarril de Barcelona a Sarrià.

La línea nació con tracción a vapor y conectaba Barcelona con el entonces municipio independiente de Sarrià.

La llegada del tren transformó profundamente este sector de la ciudad.

Donde antes existían caminos, campos y propiedades rurales empezó a aparecer una nueva infraestructura capaz de transportar rápidamente personas entre Barcelona y los municipios del entorno.

El ferrocarril se convirtió en uno de los grandes motores de la urbanización.

Y su trazado acabaría determinando la forma de la futura Vía Augusta.


El antiguo Carril

La calle que todavía no se llamaba Vía Augusta

Antes de recibir su nombre actual, parte del recorrido era conocido como carrer del Carril.

El nombre no era casual.

El ferrocarril de Sarrià discurría por este sector y su presencia condicionaba profundamente la vida cotidiana.

Las vías atravesaban el territorio en superficie y, en determinados sectores, circulaban por una trinchera.

Los vecinos necesitaban puentes y pasos para cruzarlas.

El paisaje urbano estaba dividido por las vías.

Y, durante décadas, el tren formó parte inseparable de la vida de estos barrios.

La documentación histórica del distrito del Farró muestra cómo el antiguo carrer del Carril estaba directamente relacionado con el trazado ferroviario y cómo diferentes puentes fueron construidos para permitir la comunicación entre los barrios.


El tren que cambió la ciudad

Una infraestructura que acabó creando una nueva avenida

El Ferrocarril de Sarrià tuvo un éxito considerable.

En 1905 se electrificó y se adaptó el ancho de vía al estándar.

Pero el crecimiento de Barcelona hacía cada vez más problemática la existencia de las vías en superficie.

La ciudad estaba creciendo.

Los antiguos municipios se estaban integrando progresivamente.

El Eixample avanzaba.

Las viviendas se multiplicaban.

Y aquella línea ferroviaria que en 1863 había representado el progreso empezaba a convertirse también en una barrera física dentro de una ciudad cada vez más densa.

La solución sería radical:

soterrar el ferrocarril.


1929: Barcelona entierra el tren

El nacimiento de una nueva ciudad sobre las vías

La transformación fue especialmente importante con las obras de soterramiento del Ferrocarril de Sarrià.

En 1929 se inauguró el tramo subterráneo entre Plaça Catalunya y Muntaner, pasando por debajo de Balmes y de la zona correspondiente a la futura Vía Augusta.

El cambio fue enorme.

Donde antes existían vías, pasos a nivel, vallas y puentes empezó a aparecer la posibilidad de crear una nueva avenida.

La propia documentación municipal de 1951 explicaba que la transformación del ferrocarril en infraestructura subterránea permitía liberar la superficie y convertir el espacio en una avenida de gran importancia urbana.

La ciudad estaba, literalmente, construyendo una calle sobre la historia ferroviaria.


1931: aparece el nombre de Vía Augusta

Una antigua memoria romana para una nueva avenida

El nombre Augusta empezó a utilizarse oficialmente en 1931.

La denominación actual de Vía Augusta fue aprobada posteriormente, el 20 de agosto de 1940.

La elección no era casual.

Barcelona estaba recuperando para su nomenclátor la memoria de la gran vía romana que había formado parte de la historia del territorio.

El nuevo nombre establecía así un puente simbólico entre dos épocas completamente diferentes.

Por un lado, la Roma de Augusto.

Por otro, la Barcelona moderna que acababa de transformar radicalmente su estructura ferroviaria y urbana.

La nueva avenida tenía un nombre antiguo.

Pero estaba naciendo una calle completamente moderna.


Una avenida construida sobre la infraestructura

Del ferrocarril al paisaje urbano

Durante las décadas siguientes, la urbanización de la Vía Augusta fue transformando completamente el paisaje.

Las antiguas vías desaparecieron de la superficie.

Los pasos a nivel dejaron de existir.

Los puentes ferroviarios fueron sustituidos.

Y empezaron a aparecer nuevas aceras, edificios y espacios urbanos.

La operación no fue únicamente una obra de movilidad.

También cambió el valor del suelo.

Las antiguas zonas de villas y jardines empezaron a transformarse progresivamente en áreas residenciales de mayor densidad.

La ciudad crecía hacia Sarrià y Sant Gervasi.


De las torres burguesas a los grandes edificios

La transformación de Sant Gervasi

Durante finales del siglo XIX y comienzos del XX, muchos sectores de Sant Gervasi y Sarrià eran espacios de residencia de la burguesía barcelonesa.

Existían torres con jardines, grandes fincas, masías y viviendas de verano.

La llegada del ferrocarril había mejorado enormemente las comunicaciones.

Y el soterramiento de las vías abrió nuevas posibilidades urbanísticas.

Durante la segunda mitad del siglo XX, muchas de aquellas antiguas propiedades fueron desapareciendo para dar paso a edificios de viviendas.

La transformación fue especialmente intensa a partir de los años sesenta.

El antiguo paisaje de jardines y grandes parcelas empezó a convertirse en el paisaje residencial que hoy caracteriza buena parte de Sant Gervasi.


La Vía Augusta y Sarrià

La entrada a uno de los barrios históricos de Barcelona

Al avanzar hacia el oeste, la Vía Augusta se aproxima al antiguo núcleo de Sarrià.

Aquí la historia cambia de escala.

Ya no estamos únicamente ante una gran avenida moderna.

Estamos entrando en el territorio de una antigua población que conservó durante siglos su identidad propia.

El antiguo Sarrià todavía puede reconocerse en sus pequeñas plazas, calles estrechas, casas tradicionales y edificios vinculados a su pasado.

La Vía Augusta forma parte del paisaje que rodea ese núcleo histórico y está junto a algunos de los antiguos límites naturales que estructuraban el territorio.

Es uno de esos lugares de Barcelona donde una gran avenida contemporánea se fusiona con la memoria de una antigua población.


La Porta de Sarrià

Una puerta simbólica hacia el antiguo municipio

En la confluencia de la Vía Augusta con el Passeig de la Bonanova encontramos una pieza escultórica contemporánea especialmente significativa.

Es la Porta de Sarrià, obra de Emili Armengol, inaugurada en 1993.

La escultura funciona simbólicamente como una puerta de entrada al antiguo núcleo de Sarrià y establece una relación entre este barrio histórico y Sant Gervasi.

Es una imagen apropiada para comprender la Vía Augusta.

Una calle que durante siglos ha sido camino.

Un camino que se convirtió en ferrocarril.

Un ferrocarril que terminó convirtiéndose en avenida.

Y una avenida que todavía hoy funciona como puerta entre diferentes Barcelona.


La segunda gran transformación

Cuando la Vía Augusta vuelve a crecer

La historia de la Vía Augusta no terminó con el soterramiento del ferrocarril.

Durante el siglo XX continuó transformándose.

La infraestructura ferroviaria siguió ampliándose y modificándose, mientras la ciudad desarrollaba nuevos sistemas de transporte.

En 1953 se inauguró la prolongación del soterramiento del ferrocarril entre Muntaner y Sarrià.

La antigua relación entre tren y calle continuaba evolucionando.

La superficie quedaba cada vez más liberada de las infraestructuras ferroviarias y la Via Augusta adquiría progresivamente su configuración urbana contemporánea.


Hacia Collserola

La Vía Augusta deja de ser solamente una avenida

La transformación más reciente llevó la Vía Augusta todavía más lejos.

Durante la segunda mitad del siglo XX se planteó su prolongación hacia los accesos de Collserola y Vallvidrera.

El desarrollo de las rondas y de las nuevas infraestructuras viarias convirtió esta zona en una pieza fundamental de conexión entre Barcelona y el Vallès.

La actual Vía Augusta llega hacia los accesos de los túneles de Vallvidrera, integrándose en una red de comunicaciones completamente diferente de aquella que existía cuando el tren de Sarrià circulaba en superficie.

La antigua vía romana había sido una infraestructura territorial.

La moderna Vía Augusta volvía a cumplir, muchos siglos después, una función semejante:

conectar Barcelona con el territorio que la rodea.


Una calle entre Gràcia y Sarrià-Sant Gervasi

Dos mundos urbanos en un mismo recorrido

Actualmente, la Vía Augusta atraviesa principalmente los distritos de Gràcia y Sarrià-Sant Gervasi.

Su recorrido conecta espacios muy diferentes.

Desde el entorno de la avenida Diagonal hasta Sarrià y los accesos hacia Collserola, la calle cambia constantemente de carácter.

Hay zonas comerciales.

Hay edificios residenciales.

Hay antiguos espacios burgueses.

Hay equipamientos educativos.

Hay estaciones ferroviarias.

Y hay todavía rincones donde podemos intuir el paisaje de la antigua periferia barcelonesa.

Esta variedad es precisamente una de sus mayores riquezas.


La Vía Augusta bajo tierra

La ciudad que no vemos

Quizá uno de los aspectos más fascinantes de la Vía Augusta sea que gran parte de su historia contemporánea está literalmente bajo nuestros pies.

Mientras nosotros caminamos por la superficie, bajo la avenida circulan los Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya.

La actual infraestructura ferroviaria es heredera de aquel antiguo Ferrocarril de Sarrià que empezó a funcionar en 1863.

La calle y el ferrocarril siguen compartiendo el mismo espacio urbano.

Solo que ahora lo hacen en diferentes niveles.

La historia no ha desaparecido.

Simplemente se ha escondido bajo tierra.


La Vía Augusta de los edificios

Una arquitectura que cuenta la historia del siglo XX

Caminar por la Vía Augusta permite observar también la evolución arquitectónica de Barcelona.

A lo largo de su recorrido aparecen edificios residenciales, antiguos equipamientos, construcciones vinculadas a la burguesía de Sant Gervasi y arquitecturas posteriores que sustituyeron progresivamente las antiguas villas.

La transformación inmobiliaria de la segunda mitad del siglo XX fue especialmente intensa en las zonas que habían quedado liberadas tras el soterramiento del ferrocarril.

La Vía Augusta pasó así de ser un espacio marcado por las vías y los terrenos de baja densidad a convertirse en una de las grandes arterias residenciales del sector alto de Barcelona.


La calle que conserva tres Barcelonas

Roma, el ferrocarril y la ciudad moderna

Si observamos la Vía Augusta con atención, podemos descubrir al menos tres grandes capas históricas.

La primera es Roma.

Es la memoria de la Vía Augusta, de Barcino y de la gran red de comunicaciones que atravesaba Hispania.

La segunda es el ferrocarril.

Es el antiguo Tren de Sarrià, las vías en superficie, los pasos a nivel, los puentes y el proceso de soterramiento.

La tercera es la Barcelona contemporánea.

Es la avenida actual, sus edificios, sus comercios, sus estaciones, sus jardines y su conexión con Collserola.

Tres ciudades diferentes.

Un mismo territorio.


Una calle que no se entiende mirando solamente la calle

La historia está debajo, alrededor y detrás

La Vía Augusta es uno de esos lugares donde la historia de Barcelona no aparece necesariamente en forma de monumento.

No encontramos una gran muralla romana conservada a la vista.

No encontramos una antigua estación ferroviaria completa.

No vemos las vías que durante décadas atravesaron este territorio.

Pero podemos reconstruir todo aquello si sabemos mirar.

La curva de la calle.

La posición de determinados edificios.

La profundidad de las estaciones.

Los antiguos barrios.

Las conexiones con Sarrià.

Los nombres de las calles.

Los restos arqueológicos de la antigua Barcelona romana.

Todo forma parte de una misma historia urbana.


De la calzada romana a la ciudad del siglo XXI

Más de dos mil años de caminos

La historia de la Vía Augusta demuestra algo esencial sobre Barcelona.

Las ciudades no se construyen desde cero.

Se superponen.

Un camino puede convertirse en carretera.

Una carretera puede convertirse en calle.

Una línea de ferrocarril puede desaparecer bajo tierra.

Y sobre ella puede aparecer una avenida moderna.

Pero la forma del territorio conserva muchas veces la memoria de aquello que existió antes.

La antigua Vía Augusta fue una infraestructura fundamental de la Hispania romana.

Siglos después, el ferrocarril de Sarrià transformó el mismo paisaje.

Y finalmente la Vía Augusta moderna volvió a convertirse en una gran arteria de conexión.


Qué podemos descubrir caminando por la Vía Augusta

Una ruta diferente por Barcelona

Recorrer la Vía Augusta permite observar algunos de los grandes cambios experimentados por Barcelona.

Podemos empezar en el entorno de la avenida Diagonal y avanzar hacia el oeste.

En el camino encontraremos el paisaje urbano de Gràcia y Sant Gervasi, las antiguas zonas residenciales, los equipamientos y las estaciones ferroviarias que recuerdan el pasado del Tren de Sarrià.

Más adelante, la calle nos conduce hacia Sarrià.

Y aquí merece la pena abandonar durante unos minutos la gran avenida y entrar en el antiguo núcleo histórico.

El contraste es extraordinario.

En pocos minutos podemos pasar de una gran arteria urbana del siglo XX y XXI a pequeñas calles que conservan la memoria de la antigua población de Sarrià.


Cómo descubrir la Vía Augusta con otros ojos

Barcelona se entiende mejor cuando conocemos lo que hubo antes

La próxima vez que pase por la Vía Augusta, quizá valga la pena detenerse unos minutos.

Mire la calle.

Observe sus curvas.

Piense en las vías del ferrocarril que estuvieron aquí.

Imagine los trenes entrando en las antiguas estaciones.

Imagine después los campos, las masías y las torres de Sant Gervasi.

Y todavía más atrás, imagine a los viajeros romanos desplazándose por el territorio de Barcino.

La Vía Augusta no es únicamente una avenida.

Es una superposición de caminos, infraestructuras y ciudades.

Y quizá esa sea precisamente la razón por la que resulta tan fascinante.


La Vía Augusta y la Barcelona romana

Una historia que todavía podemos seguir

La Barcelona romana continúa siendo visible en numerosos puntos de la ciudad.

El MUHBA conserva y explica diferentes espacios relacionados con Barcino, desde las murallas y el antiguo trazado urbano hasta las vías y espacios funerarios que rodeaban la colonia.

La Vía Augusta debe entenderse dentro de ese paisaje más amplio.

No como una simple calle moderna que casualmente lleva un nombre romano.

Sino como parte de una historia territorial mucho más antigua.

Una historia que conecta Barcelona con el Mediterráneo, con Hispania y con la gran red viaria que construyó Roma.


Una historia de Barcelona en una sola avenida

Del Imperio romano a los Ferrocarrils

Hay pocas calles que permitan explicar tantos cambios urbanos utilizando un solo recorrido.

La Vía Augusta nos habla de Roma.

Nos habla de Barcino.

Nos habla de los caminos medievales.

Nos habla de los antiguos municipios de Sant Gervasi y Sarrià.

Nos habla de la llegada del ferrocarril en 1863.

Nos habla del soterramiento de las vías.

Nos habla de la expansión de Barcelona.

Nos habla de la arquitectura residencial del siglo XX.

Y nos habla también de la Barcelona contemporánea, conectada con Collserola y el Vallès.

Es, en definitiva, una calle que resume una parte extraordinaria de la evolución de Barcelona.


Vía Augusta: un viaje por la historia de Barcelona

Más de dos mil años bajo nuestros pies

La próxima vez que camine por la Vía Augusta, recuerde que está recorriendo un territorio que ha cambiado constantemente.

Aquí hubo caminos.

Aquí pasó el ferrocarril.

Aquí hubo campos y grandes propiedades.

Aquí crecieron antiguos municipios.

Aquí se construyó una nueva avenida.

Y mucho antes de todo ello, Roma había creado una de las grandes rutas que estructuraron Hispania.

Quizá la verdadera magia de Barcelona consiste precisamente en esto:

caminar por una calle aparentemente moderna y descubrir que, bajo ella, existen siglos de historias que todavía continúan formando parte de la ciudad.

La Vía Augusta no conserva simplemente un nombre romano.

Conserva algo mucho más importante:

la memoria de cómo Barcelona aprendió a crecer siguiendo sus propios caminos.

 

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