Lídia de Cadaqués: la mujer que abrió las puertas de Portlligat a Salvador Dalí.

Existen personajes que forman parte de la historia y otros que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en leyenda. Lídia de Cadaqués pertenece a los dos mundos.
Pescadera, hostelera, mujer de carácter extraordinario y figura rodeada de historias, Lídia Noguer i Sabà vivió en un Cadaqués muy distinto al que conocemos hoy. Un pueblo de pescadores, aislado durante buena parte del año, donde las noticias viajaban de boca en boca y donde determinadas personas podían adquirir una reputación casi mítica.
Lídia fue una de ellas.
Su historia está ligada a algunas de las figuras más importantes de la cultura catalana y europea de principios del siglo XX, pero existe un nombre que aparece una y otra vez cuando se habla de ella: Salvador Dalí.
Porque Lídia no fue simplemente una mujer conocida en Cadaqués. Fue la persona que ayudó a Dalí y a Gala a encontrar un lugar donde empezar su vida juntos y que, sin saberlo, puso en sus manos el primer espacio de lo que acabaría convirtiéndose en Portlligat, uno de los lugares más íntimamente ligados al universo daliniano.
Lídia Noguer i Sabà, la mujer detrás de la leyenda
Lídia Noguer i Sabà nació en Cadaqués el 30 de junio de 1866. Era hija de Baldiri Noguer, marinero, y de Dolors Sabà, conocida popularmente como Sabana, una mujer a la que la tradición de Cadaqués consideró una de las últimas brujas del pueblo.
La fama de su madre contribuyó a crear alrededor de Lídia una imagen muy particular. Con el tiempo, ella misma se convertiría en un personaje extraordinario dentro de la memoria popular de Cadaqués.
Pero antes de convertirse en leyenda, Lídia fue una mujer que trabajó para salir adelante. Fue pescadera y hostelera, y durante una época regentó una casa de huéspedes por la que pasaron personas muy diferentes: artistas, intelectuales y visitantes atraídos por aquel pequeño pueblo del extremo del Cap de Creus.
Entre quienes pasaron por su casa estuvieron figuras como Pablo Picasso, Puig i Cadafalch, Jacinto Grau, Agustí Duran Reynals o André Derain.
Cadaqués empezaba a convertirse en un lugar de encuentro para artistas e intelectuales, y Lídia estaba en el centro de aquella pequeña sociedad.
Lídia y Eugeni d’Ors: una fascinación que acabó convirtiéndose en obsesión
En 1904 ocurrió uno de los encuentros que marcarían para siempre la vida de Lídia.
Aquel año se alojó en su casa Eugeni d’Ors, uno de los intelectuales catalanes más importantes de su época y una de las figuras fundamentales del Noucentisme. Escritor, filósofo, periodista y crítico de arte, d’Ors alcanzaría una enorme influencia en la cultura catalana y española.
Para Lídia, aquel encuentro tuvo unas consecuencias mucho más profundas.
La admiración que sintió por el escritor fue creciendo hasta convertirse en una verdadera obsesión. Cuando d’Ors publicó en 1911 La Ben Plantada, Lídia llegó a identificarse con Teresa, la protagonista de la obra. En ocasiones incluso afirmaba que aquel era su verdadero nombre.
Su fascinación llegó hasta el punto de interpretar los artículos que d’Ors publicaba en su conocido Glosario de La Veu de Catalunya como mensajes dirigidos personalmente a ella, como si fueran respuestas a las cartas que le enviaba.
Aquí aparece una de las partes más trágicas de su historia: Lídia estaba convencida de que existía una comunicación entre ambos, pero d’Ors nunca respondió a aquellas cartas.
No fue, por tanto, una historia de amor correspondido, sino la historia de una fascinación que fue creciendo hasta ocupar prácticamente todo el mundo interior de Lídia.
Y precisamente esa dimensión entre realidad, imaginación y obsesión fue la que hizo que su figura resultara tan fascinante para los artistas que la conocieron.
Una mujer que también fascinó a Salvador Dalí
Mucho antes de que Salvador Dalí se convirtiera en uno de los artistas más famosos del siglo XX, ya conocía a Lídia.
Dalí había pasado buena parte de su infancia y juventud en Cadaqués y, siendo niño, escuchaba las historias que Lídia contaba a los pequeños del pueblo.
Para él, aquella mujer formaba parte del paisaje humano de Cadaqués.
Con el tiempo, sin embargo, Lídia dejaría de ser simplemente una figura pintoresca del pueblo para convertirse en uno de los personajes que más llamaron la atención de Dalí.
El artista llegó a considerarla una personalidad extraordinaria y, años después, escribiría sobre ella con una admiración que demuestra hasta qué punto su figura había quedado grabada en su imaginación.
Lídia representaba algo que fascinaba profundamente a Dalí: una persona capaz de construir su propia realidad, de interpretar el mundo de una manera completamente diferente y de vivir en una frontera difícil de separar entre imaginación y realidad.
Y esa conexión entre ambos sería decisiva en la historia de Portlligat.
Cuando Dalí rompió con su padre
En 1929, la vida de Salvador Dalí dio un giro radical.
Su relación con su padre, el notario Salvador Dalí i Cusí, se había deteriorado profundamente a raíz de su relación con Gala y de las decisiones que el joven artista estaba tomando respecto a su vida personal y artística.
Dalí necesitaba encontrar un lugar donde poder empezar una nueva etapa junto a Gala.
Y fue entonces cuando apareció Lídia.
En un momento en que Dalí necesitaba apoyo, ella fue quien les ayudó. Lídia puso a su alcance una pequeña barraca de pescadores situada en Portlligat, donde sus dos hijos guardaban sus utensilios de pesca.
Aquel espacio era extremadamente humilde.
Nada hacía pensar que aquella pequeña construcción, prácticamente sin comodidades, acabaría convirtiéndose en uno de los lugares más famosos relacionados con Salvador Dalí.
El 20 de agosto de 1930, Dalí compró aquella primera barraca de pescadores a Lídia Nogués. Tenía apenas 22 metros cuadrados y carecía incluso de electricidad.
Pero para Dalí aquel lugar tenía algo que no podía comprarse: el paisaje, la luz, el silencio y el aislamiento de Portlligat.
De una pequeña barraca a la casa de Dalí y Gala
Lo extraordinario de la historia es que aquella primera barraca no fue simplemente una casa.
Fue el inicio de un proceso que duraría décadas.
Dalí y Gala fueron adquiriendo progresivamente otras pequeñas construcciones y espacios próximos, conectándolos y transformándolos hasta crear una vivienda absolutamente singular.
La casa fue creciendo de una manera casi orgánica.
No nació de un proyecto arquitectónico convencional. Creció a medida que crecía la vida de sus habitantes.
Habitación tras habitación, patio tras patio, estudio tras estudio, aquella pequeña barraca terminó convirtiéndose en la extraordinaria residencia que hoy conocemos como Casa Salvador Dalí de Portlligat.
La actual Casa-Museo conserva precisamente esa evolución: espacios íntimos, estudios, patios, jardines y rincones que fueron incorporándose a lo largo de unos cuarenta años.
Portlligat acabó convirtiéndose en el único hogar estable de Salvador Dalí, el lugar donde vivió y trabajó habitualmente durante décadas junto a Gala.
Por eso, cuando visitamos Portlligat, no estamos simplemente entrando en una casa de Salvador Dalí.
Estamos entrando en el lugar donde comenzó una historia que empezó con una pequeña barraca de pescadores y terminó dando forma a uno de los escenarios más reconocidos del universo del artista.
Y en el origen de todo ello aparece una mujer: Lídia de Cadaqués.
La mujer que se convirtió en personaje literario
La historia de Lídia no terminó con su muerte.
De alguna manera, continuó creciendo.
Su personalidad, sus historias, su manera de interpretar el mundo y su fascinación por Eugeni d’Ors terminaron alimentando una leyenda que interesó profundamente a escritores y artistas.
Siete años después de la muerte de Lídia, Eugeni d’Ors volvió a Cadaqués acompañado por Cesáreo Rodríguez-Aguilera para recopilar información sobre aquella mujer que durante años le había escrito cartas.
Fue entonces cuando surgió el proyecto de La verdadera historia de Lidia de Cadaqués, publicado en 1954.
Y d’Ors quiso que fuera Salvador Dalí quien realizara las ilustraciones.
La elección tenía algo de inevitable.
Dalí conocía a Lídia desde niño. Había escuchado sus historias y había sido testigo de su peculiar personalidad. Además, en aquel momento el propio Dalí estaba interesado en escribir sobre ella.
El resultado fueron cuatro ilustraciones realizadas por Dalí para el libro.
Una de las más conocidas representa a Lídia como una especie de mujer-olivo, profundamente arraigada en la roca del Cap de Creus.
La imagen está fechada en 1954, aparece firmada por Gala Dalí y contiene una dedicatoria extraordinariamente significativa:
«A Lídia, que nos albergó eternamente en Portlligat».
Pocas frases podrían resumir mejor la importancia de aquella mujer en la historia de Dalí y Gala.
Lídia, Dalí y el extraño mundo de Cadaqués
En otra de las ilustraciones del libro aparece también una de las particulares clasificaciones que Lídia hacía de los habitantes de Cadaqués.
Para ella existían los buenos y los malos.
Los buenos eran aquellos en quienes confiaba y que formaban parte de lo que denominaba la Sociedad del Secreto de Xènius, donde incluía a los Dalí y a los Pichot.
Los demás pertenecían, según su particular visión, a la Sociedad de Cabras y Anarquistas.
Dalí convirtió incluso esta peculiar división en una de las imágenes del libro.
Es un detalle aparentemente anecdótico, pero explica muy bien por qué Lídia resultaba tan fascinante para él.
No era simplemente una mujer con historias.
Era una persona que había creado su propia interpretación de Cadaqués, de sus habitantes y de los acontecimientos que la rodeaban.
Y eso, para un artista como Dalí, tenía un atractivo extraordinario.
El final de Lídia de Cadaqués
La vida de Lídia terminó muy lejos del Cadaqués que había sido el centro de su existencia.
Su historia familiar estuvo marcada también por la tragedia. Se casó con Fernando Costa, conocido como Nando, quien murió por suicidio. El matrimonio tuvo dos hijos, Benvingut y Honori, que terminaron sus vidas internados en el hospital psiquiátrico de Salt.
En sus últimos años, Lídia también atravesó un progresivo deterioro de su estabilidad mental.
Terminó ingresada en el Asilo Gomis de Agullana, donde murió el 30 de diciembre de 1946, a los 80 años.
Fue enterrada en el cementerio de Agullana.
Años después, Dalí volvería a ocuparse de ella de una manera muy especial. El artista costeó una lápida para su tumba, un gesto que expresa que, pese al paso del tiempo, Lídia continuaba ocupando un lugar muy particular en su memoria.
Una mujer que forma parte de la historia de Portlligat
Quizá la mejor manera de comprender quién fue Lídia de Cadaqués sea volver a Portlligat.
Hoy, la bahía parece inseparable del nombre de Dalí. Su casa, su estudio, los jardines y el paisaje forman uno de los lugares más reconocidos del universo del artista.
Pero antes de que existiera la Casa-Museo, antes de que Dalí y Gala transformaran aquellas pequeñas construcciones en su hogar, allí había una sencilla barraca de pescadores.
Y aquella barraca pertenecía a la historia de Lídia.
Su gesto permitió que Dalí encontrara el lugar donde podía vivir con Gala y desarrollar una parte fundamental de su trayectoria artística.
Con el paso de los años, Portlligat se convertiría en mucho más que una residencia. Se transformó en el refugio, taller, escenario y universo personal de Salvador Dalí.
Por eso, hablar de Portlligat es también hablar de Lídia.
La última bruja de Cadaqués y el origen de una historia extraordinaria
Lídia de Cadaqués murió en 1946, pero su figura nunca desapareció del todo.
Quedó en las historias del pueblo, en la literatura de Eugeni d’Ors, en las ilustraciones de Dalí y, sobre todo, en la memoria de aquel lugar donde una pequeña barraca de pescadores terminaría convirtiéndose en la casa de uno de los artistas más importantes del siglo XX.
Lídia fue pescadera, hostelera, madre, mujer marcada por la tragedia y protagonista de una historia de amor no correspondido que terminó mezclándose con la literatura y la leyenda.
Pero fue también algo más.
Fue la mujer que abrió una puerta cuando Salvador Dalí necesitaba encontrar un lugar para empezar de nuevo.
Y aquella puerta daba a Portlligat.
Hoy podemos visitar la casa que nació de aquella primera barraca y caminar por el mismo paisaje que Dalí convirtió en una de las grandes fuentes de inspiración de su obra.
Pero conocer la historia de Lídia permite mirar Portlligat de otra manera.
Porque detrás de la casa, detrás del mito de Dalí y Gala y detrás de uno de los paisajes más fascinantes del Cap de Creus, existe también la historia de una mujer de Cadaqués que, durante un momento decisivo, decidió ayudar a dos jóvenes que necesitaban un lugar donde vivir.
Y quizá por eso la dedicatoria de Dalí adquiere todo su significado: Lídia no solo les dio una casa. Les dio un lugar en el que construir su propia historia.
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